Sigo a vueltas con San Juán.
Desde que tengo uso de razón o desde que se me supone y desde que pude empezar a ver las hogueras, y participar en sus noches; siempre he "pedido" las dos mismas cosas. La primera es que "él" (sí, tiene que ir entrecomillado) se diera cuenta de que mis ojos son verdes. Y no del marrón que me suponen los que no se han molestado en verme. Ni tan siquiera del azul o gris que me otorgan los que sí lo han hecho pero que no se han parado a pensar en ello. Pedía que se diera cuenta de que eran de color verde, del verde del que habla Becker. También pedía otra cosa, más confensable, de cumplirse.
Pero han pasado los años. Y esta noche, delante de la hoguera, me doy cuenta de que aunque tuviera algo que pedir, no daría vueltas alrededor de un fuego. Porque me doy cuenta de que me parece muy religioso. Muchas maldiciones caerán sobre mi por decir esto, y poque tengo que añadir que de la última misa a la que tuve que asistir (obligaciones familiares y no gustos personales) lo único que saqué fue una sensación de total paganismo. Háganlo si quieren, llámenme hereje.
Y allí, viendo a la gente dar vueltas, sin creer pero esperando sí hacerlo en realidad, me di cuenta de que daba exactamente igual. De que ya no tenía nada que pedir.
Ya me da igual que sepa el color de mis ojos. Todos estos años (casi me da vergüenza decir el número exacto) han sido demasiados para idealizar a nadie, sobre todo si no da resultados.
Y en cuanto al otro... Yo pensaba que era el deseo secundario, porque pensaba que su no-cumplimiento no afectaría a nada, que no podía ir mal. Pobre crédula...
De hecho, creo que incluso se descumplió.
Y todo esto me conduce a estar escribiendo en un cuaderno. Justo después de tener un tiempo para pensar. A las dos y cuarto de la mañana, tumbada en la cama y alumbrándome con la luz del reloj, pulsándola cada tres segundos, porque se apaga. Como la hoguera.

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