Aqui estoy, sentada ante un ordenador ajeno dispuesta a volver a escribir una nueva cronica senesa, de l'Italia, que aqui estoy otra vez. Dispuesta a cumplir con lo que me prometi, a escribir sin pelos en la lengua, con "coraje". Pero tambien sin estupideces.
Lo que me lleva a tener que hablar de hipocresia. Es duro empezar una cronica de viaje asi, pero es que he visto demasiada por aqui.
De amigos, de enemigos. Aunque ambos vayan camuflados.

Aunque bueno, esta crónica tiene un principio ligeramente antes. Parece que allá por las Sienas me gané una fama de ligeramente despistada. Cosa que no creo que lo fuera excesivamente antes. Pero es que lo estoy empezando a dudar. Porque después de que el padre de Cris me acercara al aeropuerto de Santander y en el mostrador, pedí mi billete. Me dijeron que pidiera en ventanilla que me lo imprimieran. Allí tampoco lo encontraban, hasta que se dieron cuenta de lo que pasaba. Que me había confundido, que en vez de 27 había puesto 21. Y que no me lo podían cambiar, porque se había pasado la fecha, que tenía que comprar un billete íntegro, pero uno de 250. Cosa que no pensaba hacer.
Tuve que volverme a casa, y en tren, porque no podían llevarme. Si normalmente se tarda una hora, tardé tres. Las vueltas que da la vida, o el tren. Total, que llegué a casa casi arrastrándome, física y moralmente. Después de cierta oferta de whisky que tuve que rechazar, acabé comprando un billete nuevo para el día siguiente, con todo el dolor de los bolsillos. Lo miré un montón de veces antes de aceptar el definitivo.
Y bueno, a la mañana siguiente sí que pude volar.

Llegamos allí y Ana y Amanda estaban en exámenes, que no era completamente culpa suya, ¿o sí?; pero eso nos limitaba su presencia. Y hubo a quien la sentó mal, porque horas en la plaza están bien, pero demasiadas... pueden llegar a ser ¿dañinas? Bueno, sobre todo, aburridas. Aunque un helado en la Piazza tiene su encanto, es... especial.
Pero, y a pesar de todo, los mejores momentos que he pasado han sido hablando. La persona en cuestión ya lo sabe.

Sara no ha querido venir. David no estaba y el resto de la gente.. bueno, cómo no aceptar que de esa gente sí existe quienes me importan algo, y coincidimos con una semana en la que se estaba marchando todo el mundo. Y ahí me di cuenta de que seguramente no los volvería a ver. Porque cierto, yo ya me marché, pero ellos seguían allí, de alguna forma, el vínculo no se había cortado.

También fuimos un par de veces a la playa. Un par son dos. A Grossetto, que está a hora y media. No me gusta el sol (huyo de él), no me gusta la arena (se mete en sitios donde no debería y no es precisamente... demasiado cómodo) y no me gusta el agua (bajo agua de mar me mareo). Asi que no me gusta la playa.
Pero no estuvo nada mal. Tumbada en la toalla, mirando la arena, imaginando que en una época no sólo se usaba para tomar el sol. Demasiadas ideas épicas, demasiadas películas épicas. Y cogiendo puñados de arena, bajo el sol, mientras el aire acariciaba mi piel, me quedé dormida. Y bueno, por mucha protección +50 que me hubiese echado, me quemé. Asi que mi cupo de playa lo tengo cubierto. La parte de atrás de las piernas y un brazo. No es un mal recuento, después de todo.

La vuelta también ha sido extraña. Por no tener que arrastrar la maleta por toda Roma, decidimos hacer Siena_Roma en tren. Claro que no esperábamos que todo fuera acumulando retrasos. El primer tren llegó 8 minutos después de que el enlace que necesitábamos se marchara. El de Chiusi-Roma también fue acumulando retrasos; tardamos 2 horas más de lo previsto. Con nosotras, desde Siena, viajaba uina señora con su hijo. Iban al sur. No sé si llegarona pillar su enlace en Roma. Estuvimos hablando con ella porue un señor se metió en el mismo vagón con nosotras. Empezó a hacer demasiadas preguntas. Olía a vino. Y la señora añadió un poco racistamente que además era albanés. La verdad, es que daba mala espina y nos cambiamos de vagón.
Cuando llegamos al hostal de Roma (el Ciao Roma, donde ya habíamos estado otras dos veces) nos dijeron que diez minutos más tarde y no hubiérmos podido dormir allí. Eran las doce menos diez. Total, que no vimos nada de Roma.
Dormimos en una habitación de seis, y no era aquella de las manchitas. Con una brasileña y su enamorado, una china y otro chico que entró más tarde. Y esta vez no se olvidaron del desayuno...
Ya para el aeropuerto mis tripas iban histéricas. ¿Y si el billete no estaba bien?

Pero ya he llegado a casa. Me agacho sobre mi maleta, que es del génereo femenino también, porque lleva un lacito morado en el asa. Le pongo caritas, y le pregunto, ¿quién es la maleta más buena?
Ella es un paso más allá en la escala evolutiva de las maletas, con su caparazón dutito y sus cuatro ruedas. Se ha portado muy bien.